Entrevista a Daniela Ortiz

por Laura Anglès Torrents

 

 

Daniela Ortiz (Cuzco, 1985) se afirma a través de su arte como un referente indispensable para entender el discurso antirracista y anticolonial en España. Un arte tan directo y visceral como su propio discurso, disidente e incómodo para algunos. Sus últimas investigaciones exploran la inmigración, el racismo y las formas institucionalizadas de violencia que los avalan: desde el uso de sedantes durante las llamadas joint return operations (deportaciones masivas), pasando por la colonización de la naturaleza como mecanismo que justifica la muerte de inmigrantes durante su recepción, hasta la violencia de género promovida por la ley de extranjería.

 

¿Cómo nació tu bicho (germen) político?

Me quedé embarazada a los quince años en Perú. Allí es ilegal abortar y la experiencia fue muy bestia. No solamente el aborto en sí, sino también el hacerlo de manera clandestina, que es peligroso y conlleva mucho estrés. Estuve embarazada casi tres meses, porque no tenía dinero, ni sabía cómo resolverlo. En ese momento no tenía claro lo que conllevaba, ni sabía que había una ley que prohibía el aborto, simplemente sabía que no lo podía hacer. Ahí fue mi primer giro de desnaturalizar lo que tenía a mi alrededor. El segundo giro fue con el proceso migratorio. El sometimiento a la ley de extranjería fue muy violento. Desde el inicio de mi visado me hicieron exámenes para ver si tenía sífilis y tuberculosis, exámenes de sangre y radiografías. En el mismo momento, una las normaliza, pero luego te genera rabia y distanciamiento.

 

Cuentas que cuando viniste por primera vez a España lo hiciste con un imaginario de país próspero, una imagen eurocéntrica en la que Europa se presentaba como la capital del arte en mayúscula. Una vez aquí, tus expectativas se dieron un trompazo. ¿Cómo fue ese aterrizaje?

Cuando llegué lo que más me chocó fue ver que esa Europa próspera y capital autoimpuesta del arte existía, pero que una no tenía acceso a eso como se hubiese imaginado que lo tendría. Mucha gente dice: «Cuando llegan los inmigrantes, acá se desencantan, y no es la imagen que vieron en los televisores», y yo creo que sí es la imagen que vimos en los televisores, pero es una imagen a la cual no puedes tener acceso precisamente porque hay una ley de extranjería que está diseñada para que no tengas acceso. Personalmente, me pasó que vine a estudiar, pero económicamente mi situación era muy precaria; mi cabeza y mi tiempo estaban dedicados a trabajar. Mi relación con la universidad fue lo mínimo indispensable para poder trabajar. Ahí fue donde me desencanté. También con mitos como los de que Europa había construido sobre ella: un lugar progresista, donde no hay racismo. De hecho, muchos latinoamericanos repiten: «Latinoamérica es más racista que Europa». Yo venía con esa idea de Europa como un lugar amable y me sorprendió el nivel de racismo o de machismo.

 

¿Cómo funciona tu proceso de creación?

Cada trabajo es completamente diferente. Hay algunos que tienen cierta continuación de contenido o formato con otros. Por ejemplo, los libros para niños o el glosario. Pero, en realidad, está muy unido a la vida cotidiana. Normalmente, cuando voy haciendo cosas, como limpiando, o ahora cuidando a Inti, voy pensando; siempre tengo una ansiedad muy grande por comunicar ciertas cosas, por ejemplo, en relación a mi investigación del sistema de control migratorio. Si me entero de que están pidiendo informes de arraigo a una familia de ecuatorianos en la que los hijos han nacido acá y, para sacarle la tarjeta de residencia al niño, a la mamá le piden estar integrada. O que te llaman para decirte que te acerques a la policía para el proceso de regularización, y terminas deportado. Es información que yo voy viendo en los contextos migrantes en que me muevo, o mismo en mi propio caso, o en los medios. Tengo mucha ansiedad de querer comunicarlo; el arte tiene esa capacidad de comunicar de otra manera, que muchas veces puede ser muy útil delante de unos medios que han bombardeado unas ideas o han naturalizado cierta información. Voy viendo cosas y, de pronto, me planteo cómo se podría narrar o crear una herramienta de resistencia pedagógica ante todo este monstruo racista –que es lo que he tratado de hacer con el libro de niños.

 

 

¿Qué sentimientos canalizas a través de tu obra?

Normalmente, casi todas son pequeñas venganzas. Van variando con el tiempo, porque una va experimentando. Antes trabajaba mucho en confrontación con los europeos y los blancos, tipo «te voy a presentar esto para reventarte». Ahora me dan ganas de hacer cosas hacia dentro de mi comunidad. Por ende, tiendo a otros lenguajes. No quiere decir que esté dejando de hablar sobre el tema. También depende del proyecto. Piezas como El 12 de octubre me salen de la tripa. Por otra parte, son muy distintas las cosas que hago de manera autogestionada que las cosas que hago con una institución, donde el tiempo y los procedimientos condicionan el proceso creativo. Me divierto más normalmente con las cosas que hago por mi cuenta. Tengo la capacidad de hacer sin tiempo y sin dinero, que es una cosa que en las acciones autogestionadas funciona siempre. Cómo hacer algo visual y creativo solo con la fecha, el 12 de octubre. Uso la imagen que el opresor está creando, y le doy la vuelta –«Malditos descendientes de colonos que están celebrando esto». Yo, por ejemplo, cada vez que voy a la oficina de extranjería los grabo, no solamente como material de denuncia, ya que esta materia me puede servir para mi propio trabajo.

Aunque tu arte se expresa a través de formas como el ready-made, la performance o las formas conceptuales, últimamente has priorizado un lenguaje visual y transparente, en obras que apuntan hacia una voluntad pedagógica y didáctica.

Sí. Abogo cien por cien por ser pedagógica y didáctica en lo que hago. No por enseñarle algo a alguien, sino porque considero esencial comunicar. Creo que el trabajo del artista en gran medida es explorar herramientas a través del lenguaje y, además, comunicar. Mucha gente no se acerca a los museos intimidada por la falta de comunicación. Creo que la deriva que ha habido de experimentación es un poco cuestionable. De pronto hay piezas como una bolsa de plástico colgada en una esquina. Lo considero arte hasta como vago, no hay ningún tipo de intención estética, o comunicación, no hay ningún tipo de ruptura. Es distinto de Duchamp en el momento que saca el inodoro y está experimentando y rompiendo con ciertas herramientas del lenguaje. No pienso que la bolsa comunique.

 

El lenguaje puede plantearse como una herramienta para modificar imaginarios. ¿Cómo lo aplicas en tus investigaciones para desnaturalizar ciertas ideas preconcebidas sobre racismo, anticolonialidad o inmigración?

Por ejemplo, al hablar en primera persona como migrante. Fue un proceso que me tomó tiempo y trabajo. Es decir, autodenominarme como inmigrante, y hablar de mi propio caso cuando hablo sobre ello. Repensar así el término y reivindicarte con un concepto que se ha utilizado de forma despectiva, como señalamiento; también autodenominarte «sudaca», que es algo que varias usamos. Tú nos llamas «sudaca» o «machupicho» de manera despectiva; nosotras le damos la vuelta y lo reivindicamos. Después, utilizar Abya Yala, en vez de América Latina, me parece esencial. Estás defendiendo una serie de ideas sobre el territorio, primero negando los estados criollos independientes latinoamericanos; volviendo también al nombre anterior al proceso colonial. Incluso deberíamos reivindicar que nosotros no hablamos ni español ni castellano, hablamos peruano, o una mezcla de lo nuestro y lo otro. O decir todes en vez de todos: con ello desnaturalizamos el tema de género. Otro ejemplo sería no asociar lo negativo con lo negro, con la oscuridad. Es una operación constante, que uno va haciendo.

 

Paralelamente, las instituciones también utilizan el lenguaje para construir realidades casi imaginarias.

La ley, con el tema del lenguaje, hace un mecanismo de encubrimiento total. Las instituciones generan un lenguaje muy complejo y de difícil acceso para legalizar la violencia. Me parecen alucinantes casos como el término de retención química (chemical restraint) para referirse al uso de sedantes durante las deportaciones; o hablar de «vuelos de retorno conjunto» (joint return operations) para referirse a las deportaciones masivas. Joint return operations no me suena a 300 personas retenidas en un avión, amarradas y sedadas posiblemente. Utilizan ese vocabulario para encubrir una situación de violencia y desviar lo que podría ser un cuestionamiento. También está el tema del idioma: utilizar el inglés, o que la ley de extranjería esté escrita únicamente en castellano, mientras que aquellos sobre quienes gobierna esa ley muchas veces no hablan esa lengua.

En tu trabajo existe un ejercicio constante de repensar miradas, agentes y autores de los sistemas arraigados en la sociedad, de acuerdo a lo que llamas “un mundo al revés”.

Es el mundo al revés: quienes han sido invadidos, vienen a invadir. Mientras Europa está literalmente invadiendo a países árabes, a las pocas personas que vienen acá o que ya venían antes se les llama «invasores». A la población afrodescendiente, a quienes se ha explotado y robado de manera constante, es a quien más se fiscaliza. Que no vayan a robarte en el metro, o a quitarte las ayudas. Si yo pierdo mañana mi tarjeta de residencia, todo lo que he cotizado en la seguridad social se lo queda el Estado español. A lo único que voy a tener derecho es posiblemente a una deportación. Sin embargo, el debate está en si nosotros nos llevamos las ayudas o que nos aprovechamos de este sistema de recaudación. Yo pago mis impuestos completos igual que tú, pero no tengo acceso a los mismos derechos que los españoles. Es el mundo al revés, en el sentido de construcción de narraciones. Ya son 500 años del mundo al revés.

Narrar a los indígenas como bestias, cuando los únicos indígenas que había eran los españoles que estaban yendo a asesinar. O narrarlos como salvajes, caníbales o incivilizados, un imaginario que ejercía el otro lado. Se ha creado esta imagen de una Europa ordenada y con derechos, cuando en realidad lo único que tienen son un montón de mecanismos narrativos para legalizar la violencia. Es como cuando te pones las gafas del feminismo y ves el mundo de una manera que no veías antes, no hay vuelta atrás. Con el tema del racismo es lo mismo. Una vez que haces el clic, es un proceso constante de desnaturalizar lo que está absolutamente naturalizado, que es bastante bestia. No me deja de sorprender el nivel de normalidad con el que vive Europa la violencia que ejerce. Me parece increíble el nivel de paz social que viven los propios europeos mientras hay 50.000 muertos en la frontera.

 

Denuncias que se ha contabilizado el sufrimiento como herramienta legitimadora de tu voz.

Eso es algo muy fuerte que pasa en la izquierda, la que llamamos «la izquierda blanca». Si no cumples la cuota de opresión que a ellos les parece bien, si no certificas que lo has pasado «pa la mierda», no te han deportado, ¿de qué te quejas si has seguido viviendo acá, o has podido viajar? Los niveles de violencia que los europeos están acostumbrados a ver sobre la población migrante racializada, a nivel histórico y ahora también con las zonas de frontera, son tan bestias que, cuando uno les cuenta la violencia burocrática que ve en la oficina de extranjería, no les parece legítimo, porque ellos lo que consideran violencia en relación a ti es que te mueras. La media con los sujetos migrantes y racializados es la muerte. Cuando sale una noticia sobre una deportación es porque han pegado a las 300 personas que viajaban en un avión. ¿Cuándo se han puesto a debate los centros de internamiento? Por ejemplo, cuando mueren Samba Martine o Idrissa Diallo ingresados en un centro de internamiento de extranjeros. Para que se hable de la situación de violencia en los inmigrantes tiene que haber una muerte de por medio. Entonces, cuando una va y explica que es violento someter a un niño desde su nacimiento a la ley de extranjería teniendo que ir durante seis meses a presentar documentos a la oficina de extranjería, no les parece suficiente. O cuando una dice que es violento no poder salir del país más de seis meses –a pesar de que tengo el mejor permiso de residencia, a riesgo de perderlo. Qué pasa si mi padre mañana está enfermo y tengo que ir a cuidarlo un año. Cuando la izquierda blanca hace algún reclamo en relación a la población migrante, solamente reivindica los derechos humanos, los más básicos y más extremos, entre los que se encuentra la muerte. Nunca hablan de los derechos civiles o los políticos, porque ahí sería hablar de estar en igualdad de condiciones. No creo que a la población blanca europea se le pueda ejercer ese nivel de violencia; sería un escándalo.

 

¿Cuál es tu idea de feminismo?

Un feminismo antirracista, no blanco, no como el que se viene imponiendo y generando. Lo que siempre decimos varias: tiene que ser un feminismo antirracista para que no sea un feminismo racista. Para no ser un feminismo racista tiene que estar muy metido en esas otras formas en las que se articulan la violencia de género en las personas trans, o las mujeres racializadas. Recupero el discurso de las feministas racializadas en el contexto norteamericano de los setenta, cuando el feminismo blanco cobra fuerza y salen las mujeres negras y latinas a decirles: «Tus reivindicaciones no me interpelan porque tú quieres ir a trabajar y yo estoy trabajando cuidándote el hijo para que puedas ir a la oficina; tú nunca vas a interpelar por mi situación». Hay muchos feminismos, muy distintos, y no tienen que ser contrapuestos. Funcionan desde el feminismo comunitario, inmigrante, hasta el afrocaribeño. Mi noción de feminista no la adquirí leyendo a Simone de Beauvoir sino teniendo un aborto en Abya Yala en una situación de ilegalidad. Desde ahí es de donde pienso yo. Cómo hacer la lucha feminista, cómo crear las herramientas de lenguaje, para que sirva en relación no a lo que hacía Simone de Beauvoir, sino en relación a una mujer que se tiene que enfrentar a una situación de aborto con una ley machista patriarcal que la pone en riesgo.

Un feminismo que no piense desde la universidad, sino desde las necesidades de las situaciones que se están dando. La discusión intelectual no me interesa. Son herramientas que sirven para confrontar. Igual que pueden ser herramientas creativas, de protesta, otros usos de la legalidad. Muchos compañeros usan la herramienta de darle uso a la legalidad con todos esos saberes. Yo me nombro feminista porque es una necesidad para confrontar ciertas cosas. Ahora que he tenido un hijo se me ha explotado una situación enfrente, en el sentido de lo poco preparados que están algunos contextos que se creen feministas para tener cerca una compañera que tenga un hijo en soledad, o con un marido. Lo del tema de la maternidad es algo que se habla desde un lado muy ñoño, o desde un lado muy neohippy burgués. Ay, este si das teta o no das teta. La maternidad son otras cosas más chungas. Temas de custodias legales, juicios. Mujeres que llevan años siendo maltratadas psicológicamente por los padres de sus hijos, porque el nivel de derechos que les dan a los tipos sobre sus hijos es brutal. Y el poder que la ley, mediante el tema de las custodias, genera del hombre sobre la mujer, cuando ella se está comiendo todo el cuidado y toda esa carga, es aterrador.

 

En obras como 97 empleadas domésticas o Habitaciones de servicio presentas cómo esta violencia viene incluso de las contratadoras, mujeres blancas de la clase alta limeña.

El feminismo tiene que ser contemplar la violencia en su totalidad. Muchas veces es violencia de género que viene de la mano de las propias mujeres blancas. Ya en los servicios sociales, muchas de las que deciden quitar las custodias o las que normalizan situaciones de violencia en relación con la ley de extranjería, son mujeres blancas.

En el caso de la obra 97 empleadas domésticas, si una mujer blanca se está aprovechando de una mujer racializada, ahí también hay violencia de género y violencia racista. Lo que me interesa mucho de este proyecto es que en primer plano sale el opresor. Quién es que se aprovecha de esta situación de explotación, quién tiene el poder de decidir. No hablar otra vez de la persona oprimida. Fue muy intuitivo el encontrar las fotos, que ellas mismas habían generado. Otro nivel es el tema de mujeres blancas que se consideran liberadas, porque tienen otra mujer trabajando para ellas, mujeres que son explotadas y maltratadas. Debido a un sistema neorracista colonial su mano de obra no vale nada, y pueden estar 24 horas al día en una casa en un trabajo que es superdemandante. No me imagino el nivel de estrés que te puede generar cuidar al hijo de otra persona. Imagínate la esposa del dueño del estudio de abogados más importante de Lima. Si le pasa algo a ese menor, tu vida se arruina. Todo por un sueldo mínimo. También me pareció interesante que en las fotos de 97 empleadas domésticas una se da cuenta de quién es la trabajadora doméstica por el color de la piel. Las contratadoras son en su mayoría gente de clase alta blanca, rubia casi, son bien rubias la clase alta limeña. Y ellas son mujeres mestizas o indígenas.

 

¿Cómo se puede uno acercar a la experiencia del racismo o el maltrato de género, si no es desde la experiencia? ¿Qué lugar ocupa el academicismo?

El terreno académico es necesario, un espacio de debate muy importante, pero no creo que sea desde ahí desde donde se tiene que pensar lo político; normalmente es una herramienta más. Las que más útiles me han parecido son aquellas que desde la experiencia personal han tenido la necesidad de escribir, teorizar o hacer algún tipo de análisis del eurocentrismo, la blanquitud, etc. Normalmente, las personas que más pueden conocer el sistema de control migratorio son las que se enfrentan a él cada día. No solamente tu experiencia con el racismo constitucional o la violencia burocrática en la oficina, en tu propia comunidad, tu amiga que también está pasando por lo mismo, tu primo… Cuando te dicen que hay que presentar el informe de arraigo y ya sabes lo que es. Hay trabajos brillantes de gente blanca sobre temas de racismo o colonialismo. Desde esa posición, desde la blanquitud, se puedan hacer o leer muchas cosas. No cierro la puerta a que desde Europa y la blanquitud se puedan hacer trabajos sobre eso, siempre y cuando estén en consonancia con lo que están haciendo las personas de las excolonias, racializadas, y parta de la sinceridad consigo mismos, desde donde está hablando. Que no utilicen estratégicamente el lugar desde donde está hablando, que otra vez no se pongan en el centro.

 

La letra U de tu obra El atlas de la Europa Racista recoge: «Desde su privilegio racial, la izquierda blanca usurpa el discurso de clase para beneficiar la estructura social racializada que los beneficia». ¿Qué opinas de iniciativas del Ayuntamiento de Barcelona como la Xarxa Antirumors o la Ciutat Refugi?

Me parece que en la Xarxa Antirumors hay gente trabajando muy válida. Aprovechan ese espacio y me parece genial. Pero, como ayuntamiento, ¿de qué te sirve incentivar la Xarxa Antirumors si luego vas a salir a los medios públicos a criminalizar la venta ambulante aprovechándote del racismo que hay contra la población negra? Estás financiando una cosa, por un lado, y matándola por el otro con tus propias declaraciones. La izquierda se cree antirracista por defecto, sin tener que trabajarlo. Para ser antirracista, yo me tengo que poner todos los días a leer qué está haciendo Frontex, ver qué hacen mis compañeras en otros puntos del mundo en estos temas, debatir con mis compañeras… Es un trabajo constante. Creo que no hacen suficiente investigación. También tienen un problema de interpretación, de qué es el racismo. Muchas veces la izquierda blanca da más legitimidad al racismo social, el de la vecina, que al racismo que el propio Ayuntamiento, mediante la persecución de la venta ambulante o mediante el tema de los informes de arraigo –que emiten ellos–, puede estar ejerciendo, y la violencia racista que ello supone.

Ciutat Refugi me parece sostenido por un discurso racista paternalista, el de «vamos a acogerlos». Ciutat Refugi opera dentro del plan de reparto que es hablar de repartir personas migrantes. En ella operan todas estas lógicas violentas en donde se distribuyen los refugiados como si no fueran personas con vida, con facultades, intenciones y libertad de decidir dónde quieren vivir. La lógica del acoger como si te van a alimentar y vestir en una casa, cuando el tema del asilo es diferente y todo ese lenguaje es diferente para la población migrante, y en concreto para los solicitantes de asilo. Son programas que se reproducen. Cuando entras en un proceso de asilo, el nivel de violencia y control es brutal. Si estás en un piso de protección por el asilo, tienes un horario de entrada. No puede entrar gente en la noche contigo. Luego, cuando tienes la tarjeta roja, puedes estar tres o cuatro años para que te respondan. No puedes salir del país. Tengo compañeras que han pedido asilo y el nivel de violencia burocrática de repetir las cosas que te piden y que necesiten certificarlo para el asilo, no depende de tu historia o de que tú consideres que necesitas asilo, sino de que España, Europa o el país en el que lo estés pidiendo lo considere, y esa decisión no viene dada por tu historia o por la violencia que hayas vivido: viene dado por la conveniencia política de España de decidir si es que en tu país de origen se están violando de manera sistemática los derechos humanos.

 

¿Qué sentido tiene elaborar una cartografía de artistas de media carrera en el contexto de Barcelona?

[Mira a Inti] No sé, a mi mamá le pagaron 600 euros, jajaja. La verdad es que no fui a verla, yo solo la hice. Yo no lo haría, personalmente. Hay mil cosas que haría antes que hacer esto. Mil artistas, mil temas. O, con esos mismos artistas, otras cosas que se pueden hacer. Creo que ese tipo de lógica lo que hace es soportar la industria cultural tan bancaria que hay. A veces pasa que estás trabajando dentro del mundo del arte, y ves que hay gente que podría estar perfectamente trabajando en un banco y no se darían cuenta, vendiendo hipotecas, o que están trabajando en la institución Arte y ponen muchas trabas al proceso artístico. Cuando nosotros trabajamos con dinero público tenemos que pensar quién lo paga, y no en el sentido de qué quiere consumir el que lo paga, sino pensar cómo yo puedo aportar; hay una responsabilidad.

 

¿Cómo vives la censura? ¿Y la autocensura?

Antes era una especie de logro. Si te censuran, algo bien estás haciendo en las maquinarias. Al principio te genera mucha adrenalina, incluso quieres luchar. Pero luego, a la segunda o la tercera, te acabas cansando. Piensas en todo el trabajo hecho, que estás generando, y queda aparcado a la mitad. En Perú, por ejemplo, no me invitan a exponer institucionalmente después de la exposición 97 empleadas domésticas. Recientemente, en el Pompidou se me vetó un proyecto en el que estaba trabajando, donde reflexionaba sobre los Indígenas de la República, un grupo político de descendientes argelinos racializados en Francia. No se me dejó hacer el proyecto, ni se me abonaron los honorarios. Hay otras censuras que actúan invisibilizando ciertas apelaciones, ignorando llamadas. Por ejemplo, el proyecto de las reivindicaciones coloniales en Cataluña generó mucho debate, pero no fue un debate abierto ni al que se quiso responder públicamente.

Acerca de la autocensura en mi caso, creo que no. Bueno, hay una pieza que hice hace poco, muy chiquita, en A3. Una foto mía en la que había dado a luz recientemente, al lado de la cual aparecía: «He tenido el impulso de querer investigar sobre la quita sistemática de custodias por parte de la DGAIA y otras instituciones a madres solteras migrantes, pero no lo he hecho por miedo a tener represalias». Es algo que me da miedo tocar, no por el mundo del arte, sino por la institución en sí y lo que podría significar para mí o mi hijo investigar sobre ello. El nivel de ansiedad que me genera me quiebra psicológicamente; escuchar a madres migrantes que les han quitado a sus hijos… El miedo me anula mucho con ese tema. Por otro lado, sí creo que hay muchos artistas que se cortan, por miedo a no tener trabajo. También dentro del mundo del arte hay curadores que se abstienen de incorporar ciertas cosas.